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¿Qué factores afectan el factor g?

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¿Hay / hay estudios científicos sobre los factores que afectan el factor de inteligencia general (g)?

Hice una búsqueda en Google, pero no pude encontrar ningún artículo académico sobre el tema.


Básicamente, se está preguntando cuáles son las causas de las diferencias interpersonales en la inteligencia, según se miden típicamente mediante pruebas psicométricas estandarizadas. Esta pregunta constituye la base de una gran parte de la literatura sobre inteligencia. Por ejemplo, vea una revista como Inteligencia.

Para una revisión, puede leer Inteligencia: lo conocido y lo desconocido

Algunas observaciones rápidas incluyen que

  • La genética es una causa importante
  • Las causas ambientales a menudo se comprenden menos
  • Los programas de Head Start y relacionados diseñados para aumentar la inteligencia generalmente conducen a ganancias limitadas a largo plazo.
  • Los factores ambientales severos afectarán negativamente la inteligencia

¿Quién debe evaluar la competencia del supervisor?

Evaluaciones del supervisor

El supervisor clínico puede observar a los supervisados ​​en interacción con los clientes a través de un espectro de trastornos, una variedad de niveles de gravedad y complejidades, y durante un período de tiempo prolongado. Además, el supervisor también está al tanto de la información sobre los comportamientos profesionales y las interacciones del supervisado con sus compañeros y superiores dentro y entre las disciplinas. En términos de la evaluación de la competencia clínica general de un supervisado, el supervisor clínico ocupa una posición incomparable para formar una valoración en los muchos dominios de la competencia del supervisado. De hecho, existe una larga tradición de tener en alta estima los juicios de los supervisores, especialmente en las pasantías de un año. Por ejemplo, los directores de capacitación clasificaron las evaluaciones de los supervisores de pasantías de los supervisados ​​en primer lugar, por encima de otros 36 índices de garantía de calidad de la capacitación profesional (Norcross, Stevenson y Nash, 1986).

Sin embargo, hay una sorprendente falta de investigación sistemática que atestigüe la confiabilidad de los juicios de los supervisores. Por el contrario, un creciente cuerpo de evidencia sugiere que los juicios de los supervisores se ven comprometidos sistemáticamente por sesgos de halo e indulgencia (Borders & amp Fong, 1991 Gonsalvez, Bushnell, et al., 2013 Gonsalvez & amp Freestone, 2007 Lazar & amp Mosek, 1993). La confiabilidad del evaluador entre los juicios de los supervisores y los expertos externos sobre la competencia del supervisado en dominios específicos (por ejemplo, habilidades de consejería) está lejos de ser satisfactoria. Borders y Fong (1991) compararon las calificaciones del supervisor de las habilidades de consejería global de un aprendiz con las calificaciones derivadas de jueces expertos que revisaron una sesión de consejería grabada en audio e informaron una relación débil e insignificante (r = .12). Se podría argumentar que las calificaciones del supervisor podrían capturar un perfil más global y, por lo tanto, más preciso de las competencias del supervisado, mientras que el evaluador experto objetivo está limitado por una muestra limitada (por ejemplo, una cinta de video). Sin embargo, también hay evidencia de que la confiabilidad entre evaluadores entre supervisores y jueces expertos basada en la misma muestra de desempeño supervisado no es satisfactoriamente alta (r = 0,24 Dienst y Armstrong, 1988). Las calificaciones de competencias del supervisor dentro y entre dominios están muy correlacionadas para el mismo individuo (Gonsalvez et al., 2013 Gonsalvez & amp Freestone, 2007), aunque las calificaciones de competencia del supervisor de una ubicación anterior tienen una baja validez predictiva, por lo que no pueden predecir el desempeño de la mismo estudiante en colocaciones posteriores (Bogo, et al., 2002 Lazar & amp Mosek, 1993). Este patrón de calificaciones sugiere fuertemente la indulgencia y los sesgos de halo. Finalmente, la mayoría de los supervisores reconocen que sus calificaciones están sesgadas y también creen que las calificaciones de sus colegas están sesgadas (Robiner, Saltzman, Hoberman, Semrud-Clikeman y Schirvar, 1998). Es posible que el rol de apoyo y de crianza de los supervisores esté llamado a desempeñar en su propia terapia con los clientes, y el rol formativo que desempeñan en el desarrollo de habilidades y confianza en un aprendiz a menudo ansioso y a veces vulnerable, conspire contra juicios de supervisión objetivos y críticos. Desde una perspectiva psicodinámica, puede ser difícil para el supervisor permanecer neutral y objetivo a medida que las cuestiones de transferencia y contratransferencia en la sala de terapia comienzan a desarrollarse en la supervisión a través de procesos paralelos. Además, un creciente cuerpo de literatura testifica que las preocupaciones sobre la precisión y objetividad de las calificaciones de los supervisores se extienden a otras disciplinas, incluido el trabajo social, la medicina y la enfermería. Lazar y Mosek (1993) concluyen que las calificaciones del supervisor que evalúan el desempeño del trabajo de campo están “contaminadas” y que la “influencia de la relación supervisor-aprendiz en la calificación es tal que la evaluación no es válida” (p. 119).

¿Por qué la psicología, durante tanto tiempo, ha considerado a menudo el juicio del supervisor como necesario y suficiente? ¿Por qué la disciplina que se enorgullece de ser una ciencia y está comprometida con el modelo científico-profesional, no ha realizado esfuerzos concertados para mejorar la confiabilidad de las calificaciones de competencias clínicas críticas al requerir que las evaluaciones de los supervisores se complementen con calificaciones de otras fuentes? Gonsalvez y Freestone (2007) lamentan que la psicología como disciplina, tiene una larga tradición que reconoce que la evaluación de una tesis doctoral por parte del supervisor de investigación del candidato puede comprometer seriamente la objetividad del proceso de evaluación, pero ha considerado adecuado tener competencia clínica en colocaciones evaluadas únicamente por el supervisor clínico. Es sorprendente que haya poca investigación dirigida a determinar si la evaluación de diferentes supervisores o las evaluaciones repetidas del mismo supervisor mejoran la confiabilidad y validez de las evaluaciones de los supervisores. Sobre la base del modesto acuerdo de los evaluadores entre los supervisores dentro de un programa de capacitación en el Reino Unido, los modelos estadísticos sugieren que para lograr una confiabilidad y validez aceptables, las evaluaciones como la revisión de cintas de video tendrían que repetirse un gran número de veces (19 cintas de video) de dos en dos. examinadores para garantizar niveles adecuados de generalización, lo que hace que esto sea impracticable en términos de tiempo y recursos del personal (Keen & amp Freeston, 2008).

Autoevaluaciones y autoevaluaciones de la competencia profesional

Se han realizado algunas investigaciones sobre autoevaluaciones y evaluaciones de pares supervisados. Desde una perspectiva pedagógica y de aseguramiento de la calidad, el uso de autoevaluaciones y evaluaciones de pares por parte de los psicólogos en formación para reforzar las calificaciones de los supervisores menos confiables es defectuoso. En primer lugar, se asume que el psicólogo en formación, que no ha desarrollado un nivel suficiente de competencia para convertirse en un profesional autorizado, ya está dotado de la metacompetencia para identificar con precisión lo que él o ella (o un compañero) sabe y no sabe. En segundo lugar, si bien este supuesto es problemático para la evaluación de competencias dentro del dominio del conocimiento, se vuelve aún más problemático para las competencias actitud-valor. Un aprendiz que se siente demasiado amenazado y poco receptivo a la retroalimentación negativa también probablemente tendrá una evaluación poco precisa de su propio nivel de competencia. No es de extrañar que la investigación mínima disponible en esta área resalte las discrepancias entre las autoevaluaciones y las del supervisor y que estas discrepancias se acentúen significativamente para los supervisados ​​que en realidad carecen de competencia (McManus et al., 2012). En efecto, la evidencia actual no respalda el uso de la autoevaluación o la evaluación por pares como parte de las evaluaciones sumativas, aunque ciertamente son valiosas dentro de la evaluación formativa. La capacidad de evaluar con precisión el desempeño de uno, incluido qué y cómo las interacciones de uno impactan en otras personas importantes en las interacciones profesionales, es un aspecto central de la práctica reflexiva y hay pocas dudas de que esta competencia importante requiere desarrollo y que la supervisión brinda el mejor contexto para esto. Por lo tanto, la autoevaluación junto con la evaluación del supervisor es un método valioso para fomentar una mayor precisión, profundidad y efectividad de las competencias de la práctica reflexiva, pero en este momento carecemos de la justificación pedagógica o empírica para que la autoevaluación o la evaluación de pares reemplace la evaluación del supervisor (ver Fronteras , 2012).


Abstracto

Un cuerpo de investigación establecido indica que la discriminación está asociada con un aumento de los síntomas de ansiedad y afecto negativo. Sin embargo, la asociación no puede interpretarse sin ambigüedades como un efecto de exposición porque un conjunto común de factores genéticos puede contribuir simultáneamente a una mayor responsabilidad por los síntomas de ansiedad, afecto negativo y la percepción de discriminación. El presente estudio dilucida la asociación entre discriminación y ansiedad / afecto negativo mediante la implementación de controles genéticos estrictos en una gran muestra de adultos. Utilizamos datos del proyecto de biomarcadores del Estudio del desarrollo de la mediana edad en los Estados Unidos (MIDUS), una muestra probabilística nacional de encuestados angloparlantes no institucionalizados de entre 25 y 74 años. Los participantes que dieron su consentimiento para proporcionar datos genéticos no tenían ninguna relación biológica y eran de ascendencia europea, según lo determinado por el análisis de componentes principales del genotipo (norte = 1.146). Se ajustó un único modelo de regresión estructural a los datos con tres medidas de discriminación especificadas para cargar en un factor latente y seis medidas de ansiedad y afecto negativo especificadas para cargar en un segundo factor latente. Después de tener en cuenta los posibles factores de confusión genéticos (puntuaciones poligénicas para ansiedad, depresión y neuroticismo y los primeros cinco componentes genéticos principales), una mayor discriminación se asoció con una mayor ansiedad / afecto negativo (β = 0,53, SE = 0,04, PAG & lt 0,001). Los hallazgos sugieren que las medidas de discriminación percibida deben considerarse factores de riesgo ambientales para la ansiedad / afecto negativo en lugar de índices de responsabilidad genética para la ansiedad, la depresión o el neuroticismo. Las intervenciones clínicas y las medidas de prevención deben centrarse en formas de mitigar el impacto de la discriminación para mejorar la salud mental a nivel de la población.


Conclusión

El presente estudio investiga los factores psicosociales que influyen en el envejecimiento saludable para promover una vida saludable en la vejez y desarrollar la atención y el apoyo sociocultural a las personas mayores. A la luz de los resultados, se puede inferir que la depresión es el factor con mayor influencia en el envejecimiento saludable. Factores como la participación en actividades de ocio, el estado de salud percibido, la integridad del ego, el logro personal y la autoestima también afectan el envejecimiento saludable con correlaciones significativas entre ellos. En particular, la influencia de la integridad del ego para completar el bienestar psicológico en la vejez (según la teoría del desarrollo psicosocial de Erikson) es un hallazgo interesante de este estudio, que merece una mayor investigación en el futuro. Finalmente, nuestros hallazgos dan un paso hacia la comprensión del envejecimiento saludable en términos de la perspectiva psicosocial y pueden ayudar tanto a la sociedad como a las personas en la planificación de la atención médica para las personas mayores.


Impacto en el estilo de vida

El alcohol pasa de la sangre de la madre a la circulación fetal y, según un estudio publicado en noviembre de 2005 en "Obstetrics and Gynecology", una de cada cinco mujeres estadounidenses embarazadas se permite beber en exceso. (ref5) Beber alcohol durante el embarazo puede poner al feto en riesgo de sufrir problemas llamados "trastornos del espectro alcohólico fetal", que pueden ser de moderados a graves. El impacto negativo en el feto puede incluir (ref6) crecimiento deficiente, tono muscular débil, desarrollo lento del habla o malformaciones cardíacas o faciales. (ref4)

Los factores del humo del cigarrillo también pueden pasar a la sangre fetal y causar problemas potencialmente graves. La nicotina estrecha los vasos sanguíneos, ralentiza el movimiento de oxígeno y nutrientes a las células fetales junto con otras sustancias químicas en el humo, puede causar bajo peso al nacer y un mayor riesgo de asma, problemas gastrointestinales u obesidad en los recién nacidos. (ref7) Un estudio publicado en febrero de 2008 en "Nicotine and Tobacco Research" encontró que los factores del humo también pueden aumentar el riesgo de aborto espontáneo o parto prematuro, y también pueden causar problemas neurológicos fetales 8. (ref8)


El factor clave para comer es, por supuesto, el hambre, pero lo que elegimos comer no está determinado únicamente por las necesidades fisiológicas o nutricionales. Algunos de los otros factores que influyen en la elección de alimentos incluyen:

  • Determinantes biológicos como el hambre, el apetito y el gusto.
  • Determinantes económicos como el costo, los ingresos y la disponibilidad.
  • Determinantes físicos como el acceso, la educación, las habilidades (por ejemplo, cocinar) y el tiempo
  • Determinantes sociales como la cultura, la familia, los compañeros y los patrones de alimentación.
  • Determinantes psicológicos como el estado de ánimo, el estrés y la culpa
  • Actitudes, creencias y conocimientos sobre la alimentación

La complejidad de la elección de alimentos es obvia a partir de la lista anterior, que en sí misma no es exhaustiva. Los factores de elección de alimentos también varían según la etapa de la vida y el poder de un factor variará de un individuo o grupo de personas a otro. Por lo tanto, un tipo de intervención para modificar el comportamiento de elección de alimentos no se adaptará a todos los grupos de población. Más bien, las intervenciones deben estar dirigidas a diferentes grupos de la población teniendo en cuenta los muchos factores que influyen en sus decisiones sobre la elección de alimentos.

1.1 Determinantes biológicos de la elección de alimentos

Hambre y saciedad

Nuestras necesidades fisiológicas proporcionan los determinantes básicos de la elección de alimentos. Los seres humanos necesitan energía y nutrientes para sobrevivir y responderán a las sensaciones de hambre y saciedad (satisfacción del apetito, estado de no hambre entre dos comidas). El sistema nervioso central participa en el control del equilibrio entre el hambre, la estimulación del apetito y la ingesta de alimentos.

Los macronutrientes, es decir, carbohidratos, proteínas y grasas, generan señales de saciedad de diferente intensidad. El balance de la evidencia sugiere que la grasa tiene el poder saciante más bajo, los carbohidratos tienen un efecto intermedio y se ha descubierto que las proteínas son las más saciantes 50.

Se ha demostrado que la densidad energética de las dietas ejerce efectos potentes sobre la saciedad. Las dietas de baja densidad energética generan mayor saciedad que las dietas de alta densidad energética. La alta densidad energética de los alimentos ricos en grasas y / o azúcares también puede conducir a un "consumo excesivo pasivo", en el que el exceso de energía se ingiere de forma involuntaria y sin el consumo de volumen adicional.

Una señal de saciedad importante puede ser el volumen de comida o el tamaño de la porción consumida. Muchas personas desconocen lo que constituye el tamaño apropiado de las porciones y, por lo tanto, consumen un exceso de energía sin darse cuenta.

Sabor agradable

La palatabilidad es proporcional al placer que alguien experimenta al comer un alimento en particular. Depende de las propiedades sensoriales de los alimentos como el sabor, el olor, la textura y la apariencia. Los alimentos dulces y ricos en grasas tienen un atractivo sensorial innegable. No es de extrañar, entonces, que la comida no se considere únicamente como una fuente de alimento, sino que a menudo se consuma por el valor placentero que imparte.

La influencia de la palatabilidad sobre el apetito y la ingesta de alimentos en humanos se ha investigado en varios estudios. Hay un aumento en la ingesta de alimentos a medida que aumenta la palatabilidad, pero el efecto de la palatabilidad sobre el apetito en el período posterior al consumo no está claro. El aumento de la variedad de alimentos también puede aumentar la ingesta de alimentos y energía y, a corto plazo, alterar el equilibrio energético 45. Sin embargo, se desconocen los efectos sobre la regulación energética a largo plazo.

Aspectos sensoriales

& lsquoTaste & rsquo se informa constantemente como una gran influencia en el comportamiento alimentario. En realidad, & lsquotaste & rsquo es la suma de toda la estimulación sensorial que se produce al ingerir un alimento. Esto incluye no solo el sabor en sí, sino también el olor, la apariencia y la textura de los alimentos. Se cree que estos aspectos sensoriales influyen, en particular, en la elección espontánea de alimentos.

Desde temprana edad, el gusto y la familiaridad influyen en el comportamiento hacia la comida. El gusto por la dulzura y la aversión por la amargura se consideran rasgos humanos innatos, presentes desde el nacimiento 49. Las preferencias gustativas y las aversiones a la comida se desarrollan a través de las experiencias y están influenciadas por nuestras actitudes, creencias y expectativas 9.

1.2 Determinantes económicos y físicos de la elección de alimentos

Costo y accesibilidad

No hay duda de que el costo de los alimentos es un determinante principal de la elección de alimentos. Que el costo sea prohibitivo depende fundamentalmente de los ingresos y el estatus socioeconómico de una persona. Los grupos de bajos ingresos tienen una mayor tendencia a consumir dietas desequilibradas y, en particular, tienen una baja ingesta de frutas y verduras 14. Sin embargo, el acceso a más dinero no equivale automáticamente a una dieta de mejor calidad, sino que debería aumentar la variedad de alimentos entre los que se puede elegir.

La accesibilidad a las tiendas es otro factor físico importante que influye en la elección de alimentos, que depende de recursos como el transporte y la ubicación geográfica. Los alimentos saludables tienden a ser más caros cuando están disponibles en los pueblos y ciudades en comparación con los supermercados en las afueras 19. Sin embargo, mejorar el acceso por sí solo no aumenta la compra de frutas y hortalizas adicionales, que todavía se consideran prohibitivamente caras 18.

Educación y conocimiento

Los estudios indican que el nivel de educación puede influir en el comportamiento dietético durante la edad adulta 30. Por el contrario, los conocimientos sobre nutrición y los buenos hábitos alimentarios no están estrechamente relacionados. Esto se debe a que el conocimiento sobre la salud no conduce a una acción directa cuando las personas no están seguras de cómo aplicar sus conocimientos. Además, la información difundida sobre nutrición proviene de diversas fuentes y se considera conflictiva o desconfiada, lo que desalienta la motivación para el cambio 15. Por lo tanto, es importante transmitir mensajes precisos y coherentes a través de diversos medios, en los paquetes de alimentos y, por supuesto, a través de los profesionales de la salud.

1.3 Determinantes sociales de la elección de alimentos

Influencia de la clase social

Lo que la gente come está formado y limitado por circunstancias que son esencialmente sociales y culturales. Los estudios de población muestran que existen claras diferencias en las clases sociales con respecto a la ingesta de alimentos y nutrientes. Las dietas deficientes pueden resultar en problemas de desnutrición (deficiencia de micronutrientes) y sobrenutrición (consumo excesivo de energía que genera sobrepeso y obesidad) que enfrentan diferentes sectores de la sociedad, que requieren diferentes niveles de experiencia y métodos de intervención.

Influencias culturales

Las influencias culturales conducen a la diferencia en el consumo habitual de ciertos alimentos y en las tradiciones de preparación, y en ciertos casos pueden conducir a restricciones como la exclusión de la carne y la leche de la dieta. Sin embargo, las influencias culturales pueden cambiar: cuando se mudan a un nuevo país, las personas a menudo adoptan hábitos alimentarios particulares de la cultura local.

Contexto social

Las influencias sociales en la ingesta de alimentos se refieren al impacto que una o más personas tienen sobre la conducta alimentaria de otras, ya sea directa (comprar comida) o indirecta (aprender de la conducta de los compañeros), ya sea consciente (transferencia de creencias) o subconsciente. Incluso cuando se come solo, la elección de alimentos está influenciada por factores sociales porque las actitudes y los hábitos se desarrollan a través de la interacción con los demás. Sin embargo, cuantificar las influencias sociales sobre la ingesta de alimentos es difícil porque las influencias que las personas tienen sobre la conducta alimentaria de los demás no se limitan a un tipo y las personas no necesariamente son conscientes de las influencias sociales que se ejercen sobre su conducta alimentaria 23.

El apoyo social puede tener un efecto beneficioso sobre la elección de alimentos y el cambio dietético saludable 16. El apoyo social del hogar y de los compañeros de trabajo se asoció positivamente con mejoras en el consumo de frutas y verduras 46 y con la etapa preparativa de mejora de los hábitos alimentarios, respectivamente 47. El apoyo social puede mejorar la promoción de la salud fomentando un sentido de pertenencia al grupo y ayudando a las personas a ser más competentes y autoeficaces 8.

Se reconoce ampliamente que la familia es importante en las decisiones alimentarias. La investigación muestra la configuración de las elecciones de alimentos que tienen lugar en el hogar. Debido a que la familia y los amigos pueden ser una fuente de estímulo para realizar y mantener cambios en la dieta, la adopción de estrategias dietéticas que sean aceptables para ellos puede beneficiar al individuo y, al mismo tiempo, tener un efecto en los hábitos alimenticios de los demás 3.

Entorno social

Aunque la mayoría de los alimentos se consumen en el hogar, una proporción cada vez mayor se come fuera del hogar, p. Ej. en las escuelas, en el trabajo y en los restaurantes. El lugar en el que se comen los alimentos puede afectar la elección de alimentos, especialmente en términos de qué alimentos se ofrecen. La disponibilidad de alimentos saludables en el hogar y "lejos del hogar" aumenta el consumo de dichos alimentos. Sin embargo, el acceso a opciones de alimentos saludables es limitado en muchos entornos laborales / escolares. Esto es particularmente cierto para aquellos con horarios irregulares o con requisitos particulares, p. Ej. vegetariano 22. Con la mayoría de mujeres y hombres adultos en situación de empleo, la influencia del trabajo en los comportamientos de salud, como la elección de alimentos, es un área importante de investigación 16.

1.4 Patrones de comidas

Las personas tienen muchas ocasiones diferentes para comer diariamente, cuyas motivaciones diferirán de una ocasión a otra. La mayoría de los estudios investigan los factores que influyen en la elección habitual de alimentos, pero puede ser útil investigar qué influye en la elección de alimentos en diferentes ocasiones de comer.

Los efectos de los bocadillos en la salud se han debatido ampliamente. La evidencia muestra que los bocadillos pueden tener efectos sobre la ingesta de energía y nutrientes, pero no necesariamente sobre el índice de masa corporal 28. Sin embargo, los individuos con peso normal o sobrepeso pueden diferir en sus estrategias de afrontamiento cuando los bocadillos están disponibles libremente y también en sus mecanismos compensatorios en las comidas posteriores. Además, la composición del tentempié puede ser un aspecto importante en la capacidad de los individuos para ajustar la ingesta para satisfacer las necesidades energéticas.

Ayudar a los adultos jóvenes a elegir opciones de bocadillos saludables representa un desafío para muchos profesionales de la salud. En el hogar, en lugar de prohibir los refrigerios poco saludables, un enfoque más positivo puede ser la introducción de opciones de refrigerios saludables a lo largo del tiempo. Además, las opciones de alimentos saludables fuera del hogar también deben estar más disponibles.

1.5 Factores psicológicos

Estrés

El estrés psicológico es una característica común de la vida moderna y puede modificar comportamientos que afectan la salud, como la actividad física, el tabaquismo o la elección de alimentos.

La influencia del estrés en la elección de alimentos es compleja, sobre todo por los diversos tipos de estrés que uno puede experimentar. El efecto del estrés en la ingesta de alimentos depende del individuo, el factor estresante y las circunstancias. En general, algunas personas comen más y otras comen menos de lo normal cuando experimentan estrés 39.

Los mecanismos propuestos para los cambios inducidos por el estrés en la alimentación y la elección de alimentos son diferencias motivacionales (menor preocupación por el control de peso), fisiológicas (disminución del apetito causado por los procesos asociados con el estrés) y cambios prácticos en las oportunidades de comer, la disponibilidad de alimentos y la preparación de las comidas.

Los estudios también sugieren que si el estrés laboral es prolongado o frecuente, podrían producirse cambios dietéticos adversos, aumentando la posibilidad de aumento de peso y, en consecuencia, el riesgo cardiovascular 52.

Hipócrates fue el primero en sugerir el poder curativo de la comida, sin embargo, no fue hasta la Edad Media que la comida se consideró una herramienta para modificar el temperamento y el estado de ánimo. Hoy en día se reconoce que la comida influye en nuestro estado de ánimo y que el estado de ánimo tiene una fuerte influencia sobre nuestra elección de alimentos.

Curiosamente, parece que la influencia de la comida en el estado de ánimo está relacionada en parte con las actitudes hacia determinados alimentos. La relación ambivalente con la comida y el deseo de disfrutarla pero consciente del aumento de peso es una lucha que experimentan muchos. Las personas que hacen dieta, las personas con mucha moderación y algunas mujeres informan que se sienten culpables por no comer lo que creen que deberían 17. Además, los intentos de restringir la ingesta de ciertos alimentos pueden aumentar el deseo por estos alimentos en particular, lo que lleva a lo que se describe como antojos de alimentos.

Las mujeres informan con más frecuencia antojos de alimentos que los hombres. El estado de ánimo deprimido parece influir en la gravedad de estos antojos. Los informes de antojos de alimentos también son más comunes en la fase premenstrual, un momento en el que aumenta la ingesta total de alimentos y se produce un cambio paralelo en la tasa metabólica basal 21.

Por lo tanto, el estado de ánimo y el estrés pueden influir en el comportamiento de elección de alimentos y posiblemente en las respuestas a corto y largo plazo a la intervención dietética.


El papel de los factores comunes en los resultados de la psicoterapia

Las psicoterapias pueden funcionar mediante técnicas específicas de cada terapia o mediante factores que todas las terapias tienen en común. Los defensores del modelo de factores comunes a menudo señalan metanálisis de estudios de resultados comparativos que muestran que todas las terapias tienen efectos comparables. Sin embargo, no todos los metanálisis apoyan el modelo de factores comunes; los estudios incluidos a menudo tienen varios problemas metodológicos y existen explicaciones alternativas para encontrar resultados comparables. Hasta la fecha, la investigación sobre los mecanismos de trabajo y los mediadores de las terapias siempre ha sido correlacional, y para establecer que un mediador es efectivamente un factor causal en el proceso de recuperación de un paciente, los estudios deben mostrar una relación temporal entre el mediador y un resultado. , una asociación dosis-respuesta, evidencia de que ninguna tercera variable causa cambios en el mediador y el resultado, investigación experimental de apoyo y tiene un marco teórico sólido. Actualmente, ningún factor común o específico cumple estos criterios y puede considerarse un mecanismo de trabajo validado empíricamente. Por lo tanto, aún se desconoce si las terapias funcionan a través de factores comunes o específicos, o ambos.


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RESULTADOS

De las mujeres fumadoras, las mayores proporciones eran más jóvenes, tenían menos educación, tenían más peso, eran caucásicas, consumían alcohol y reportaban más actividad física que las no fumadoras que no estaban expuestas pasivamente al humo del cigarrillo o las mujeres pasivamente expuestas al humo (tabla 1).

Cuando se utilizó el modelo lineal mixto, las estimaciones fueron similares en función de los métodos de máxima verosimilitud o de máxima verosimilitud restringida. La estructura autorregresiva de primer orden proporcionó los valores más pequeños del Criterio de información de Akaike (mejor ajuste del modelo). Por lo tanto, informamos las estimaciones de máxima verosimilitud restringida utilizando la estructura autorregresiva de primer orden (tablas 2, 3, 4 y 5). La única excepción para el uso de la estructura autorregresiva de primer orden fue para el modelo utilizado para determinar los factores de riesgo para la duración de la fase lútea, que también incluyó la duración de la fase lútea previa como predictor. Basado en 943 ciclos, el parámetro autorregresivo (ρ) en la estructura autorregresiva de primer orden fue estadísticamente significativo (pag & lt 0.01) para la duración del ciclo, pero no para la duración de la fase folicular o la fase lútea. Se obtuvieron estimaciones similares para estos parámetros autorregresivos basados ​​en los 634 ciclos de mujeres que proporcionaron datos para más de un ciclo.

Medidas continuas

Los efectos ajustados de los factores sobre la duración media del ciclo, la fase folicular y la fase lútea que se modelaron mediante el uso de tres modelos lineales mixtos diferentes se muestran en las tablas 2, 3, 4 y 5 (las tablas 3 y 4 abordan las longitudes de las fases foliculares), respectivamente. . El modelo 1 se ajustó sobre la base de 943 ciclos, y los modelos 2 y 3 se basaron en 634 ciclos. Los modelos 1 y 2 incluyeron el mismo conjunto de covariables. El modelo 3 agregó la duración de la fase lútea previa como predictor. Nuestros resultados indicaron que las estimaciones fueron consistentes en todos los modelos.

Duración media del ciclo no varió significativamente según el IMC, el tabaquismo o la actividad física en los tres modelos. En comparación con las mujeres de 34 años o menos, las mujeres de 35 años o más tuvieron una reducción significativa (–0,94 días, intervalo de confianza (IC) del 95 por ciento: –1,83, –0,05) de la duración media ajustada del ciclo (modelo 1). Las mujeres asiáticas tuvieron un aumento significativo (1,65 días, IC del 95 por ciento: 0,54, 2,76) de la duración media del ciclo ajustada en comparación con las mujeres caucásicas debido a un aumento significativo (2,05 días, IC del 95 por ciento: 0,53, 3,56) de la duración de la fase folicular para las que tenían menos de 35 años (modelo 1). Las mujeres que consumieron una o más bebidas alcohólicas por semana tuvieron una reducción significativa (–1,26 días, IC del 95 por ciento: –2,21, –0,31) de la duración media ajustada del ciclo debido a una reducción significativa de la duración de la fase folicular (–1,73 días, IC del 95 por ciento: –3,19, –0,28) para las personas de 35 años o más (modelo 1). Mean cycle length was significantly inversely associated with the prior luteal phase length (–0.18 days, 95 percent CI: –0.36, 0.00 model 3).

Mean follicular phase length did not differ significantly by BMI in all three models, and age modified the effects of other factors. Compared with women nonsmokers aged 35 years or older not passively exposed to cigarette smoke, current smokers in the same age group had a significantly decreased (–2.17 days, 95 percent CI: –3.97, –0.37) mean follicular phase length (model 1). In contrast, follicular phase length was not significantly influenced by smoking for women less than age 35 years. For women aged less than 35 years, physical activity of 4 or more hours per week was associated with a significantly increased (2.26 days, 95 percent CI: 0.29, 4.23) adjusted mean follicular phase length (model 3), but no such association was observed for women aged 35 years or older. In addition, each 1-day increase in the length of the prior luteal phase was associated with a significant decreased adjusted mean follicular phase length in the subsequent menstrual cycles for both age groups (model 3).

Mean luteal phase length was significantly associated with length of the prior luteal phase. Each 1-day increase in the length of the prior luteal phase was associated with an increase of 0.18 days (95 percent CI: 0.10, 0.26) in the subsequent adjusted mean luteal phase length. Mean luteal phase length was not significantly associated with any other factors in all three models.

Dichotomous measures

The likelihood of a menstrual cycle shorter than 25 days, based on the marginal logistic regression model, was not appreciably associated with any of the risk factors examined (table 6). However, women aged 35 years or older were less likely than younger women to have long cycles (>35 days) (adjusted odds ratio (AOR) = 0.53, 95 percent CI: 0.28, 1.01). Compared with Caucasian women, Asian women were significantly more likely to have long cycles (AOR = 2.60, 95 percent CI: 1.20, 5.65) and follicular phases longer than 23 days (AOR = 2.09, 95 percent CI: 0.97, 4.49). Women who consumed one or more alcoholic drinks per week were significantly less likely to have long cycles (AOR = 0.38, 95 percent CI: 0.20, 0.69) or long follicular phases (AOR = 0.39, 95 percent CI: 0.21, 0.72). Physical activity of 4 hours or more per week compared with no activity was significantly negatively associated with short follicular phases (<13 days) (AOR = 0.36, 95 percent CI: 0.18, 0.74). Increasing physical activity was also moderately positively associated with long cycles and long follicular phases. Smoking status and BMI were not significantly associated with any of the dichotomous endpoints.


Social factors impacting PepsiCo

The analysis shows that social factors impact the beverage company greatly. The key reason behind this is perhaps that Pepsi is a non-alcoholic beverage. It has to maintain strict differences in cultures around the world.

It is essential that Pepsi communicates its image as a global brand to change people’s perceptions. The company expects its buyers to be able to think of their drink as something which connects the world together. The social implications are visible in marketing campaigns most of the time.

For example, the religious festivals featured in TVC ads vary based on cultures. Pepsi has to value all the festivals in order to relate to their market. Reacting to the social factor can help Pepsi cash upon the opportunity.


Who Should Evaluate the Supervisee’s Competence?

Supervisor Evaluations

The clinical supervisor is able to observe supervisees in interaction with clients across a spectrum of disorders, a range of severity levels and complexities, and over an extended period of time. Further, the supervisor is also privy to information about professional behaviours and the supervisee’s interactions with both peers and superiors within and across disciplines. In terms of the evaluation of the overall clinical competence of a supervisee, the clinical supervisor occupies an unrivalled position to form an appraisal across the many domains of the supervisee’s competence. In fact, there has been a longstanding tradition to hold supervisor judgements, especially in year-long internships, with high regard. For instance, directors of training ranked internship supervisor evaluations of supervisees first, above 36 other quality assurance indices of professional training (Norcross, Stevenson, & Nash, 1986).

However, there is a surprising lack of systematic research that testifies to the reliability of supervisor judgements. Conversely, a growing body of evidence suggests that supervisor judgments are systematically compromised by halo and leniency biases (Borders & Fong, 1991 Gonsalvez, Bushnell, et al., 2013 Gonsalvez & Freestone, 2007 Lazar & Mosek, 1993). Rater reliability between judgments of supervisors and external experts about the supervisee’s competence in specific domains (e.g., counselling skills) are far from satisfactory. Borders and Fong (1991) compared supervisor ratings of a trainee’s global counselling skills with ratings derived from expert judges who reviewed an audiotaped counselling session and reported a weak and insignificant relationship (r = .12). It could be argued that the supervisor’s ratings might capture a more global and hence, more accurate profile of the supervisee’s competencies whereas the objective expert rater is constrained by a limited sample (e.g., one video tape). However, there is also evidence that inter-rater reliability between supervisors and expert judges based on the same sample of supervisee performance fails to be satisfactorily high (r = .24 Dienst & Armstrong, 1988). Supervisor ratings of competencies within and across domains are very highly correlated for the same individual (Gonsalvez et al., 2013 Gonsalvez & Freestone, 2007), although supervisor ratings of competence from a previous placement have low predictive validity, failing to predict performance of the same student on subsequent placements (Bogo, et al., 2002 Lazar & Mosek, 1993). This pattern of ratings is strongly suggestive of leniency and halo biases. Finally, the majority of supervisors themselves acknowledge that their ratings are biased and also believe that the ratings of their colleagues are biased (Robiner, Saltzman, Hoberman, Semrud-Clikeman, & Schirvar, 1998). It is possible that the supportive and nurturing role supervisors are called to play in their own therapy with clients, and the formative role they play in building up skills and confidence in an often anxious and sometimes vulnerable trainee, conspire against objective and critical supervisory judgments. From a psychodynamic perspective, it might be hard for the supervisor to remain neutral and objective as transference and countertransference issues in the therapy room begin to be played out in supervision through parallel processes. Further, a growing body of literature testifies that concerns about the accuracy and objectivity of supervisor ratings extend to other disciplines including social work, medicine, and nursing. Lazar and Mosek (1993) conclude that supervisor grades evaluating fieldwork performance are “contaminated”, and that the “influence of the supervisor-trainee relationship on the grading is such that the evaluation is invalid” (p. 119).

Why has psychology, for so long, often considered the supervisor’s judgment as both necessary and sufficient? Why has the discipline that prides itself as being a science and committed to the scientist-practitioner model, not made concerted efforts to enhance reliability of critical clinical competencies ratings by requiring that supervisor evaluations be complemented by ratings from other sources? Gonsalvez and Freestone (2007) lament that psychology as a discipline, has a longstanding tradition that acknowledges that evaluation of a doctoral thesis by the candidate’s research supervisor may seriously compromise the objectivity of the evaluation process, yet has considered it adequate to have clinical competence at placements evaluated solely by the clinical supervisor. It is surprising that there is little research targeted at determining whether evaluation by different supervisors or repeat evaluations by the same supervisor improves the reliability and validity of supervisor evaluations. Based on the modest rater agreement among supervisors within one training program in the United Kingdom, statistical models suggest that to attain acceptable reliability and validity, evaluations such as video tape review would have to be repeated a large number of times (19 videotapes) by two examiners to ensure adequate levels of generalizability, thus making this impracticable in terms of staff time and resources (Keen & Freeston, 2008).

Self and Peer Evaluations of Professional Competence

There has been some research on self- and peer supervisee assessments. From a pedagogic and quality assurance perspective, the use of self- and peer evaluations by trainee psychologists to bolster less-than-reliable supervisor ratings is flawed. First, it assumes that the trainee psychologist, who has not developed a sufficient level of competence to become a licensed practitioner is, already endowed with the metacompetence to accurately identify what he or she (or a peer) knows and does not know. Second, whilst this assumption is problematic for evaluation of competencies within the knowledge domain, it becomes even more problematic for attitude-value competencies. A trainee who is overly threatened by and unreceptive to negative feedback is also likely to have a less-than-accurate evaluation of his or her own level of competence. It is no wonder that the minimal research available in this area highlights discrepancies between self and supervisor evaluations and that these discrepancies are significantly accentuated for supervisees who actually lack competence (McManus et al., 2012). In effect, the current evidence does not support the use of self or peer evaluation as part of summative assessments, although they are certainly valuable within formative evaluation. The ability to accurately appraise one’s performance, including what and how one’s interactions impact on significant others in professional interactions, is a core aspect of reflective practice and there is little doubt that this important competency requires development and that supervision accords the best context for this. Thus, self-evaluation alongside supervisor evaluation is a valuable method to foster improved accuracy, depth, and effectiveness of reflective practice competencies, but at the current time we lack the pedagogical or empirical justification for self or peer evaluation to replace supervisor evaluation (see Borders, 2012).


Lifestyle Impact

Alcohol crosses from the mother's blood into the fetal circulation and, according to a study published in November 2005 in "Obstetrics and Gynecology," one in five pregnant American women indulge in binge drinking. (ref5) Drinking any alcohol during pregnancy can put the fetus at risk of problems called "Fetal Alcohol Spectrum Disorders," which can be moderate to severe. The negative impact on the fetus can include (ref6) poor growth, weak muscle tone, slow development of speech, or heart or facial malformation. (ref4)

Factors in cigarette smoke can also pass into fetal blood, causing potentially serious problems. Nicotine narrows blood vessels, slowing movement of oxygen and nutrients to fetal cells along with other chemicals in smoke, it might cause low birth weight and increased risk of asthma, gastrointestinal problems or obesity in newborns. (ref7) A study published in February 2008 in "Nicotine and Tobacco Research" found that factors from smoke can also raise the risk of spontaneous abortion or premature birth, and might also cause fetal neurological problems 8. (ref8)


Conclusión

The present study investigates the psychosocial factors influencing healthy aging for promoting healthy living in old age and developing socio-cultural care and support for old people. In light of the results, it can be inferred that depression is the factor with the greatest influence on healthy aging. Factors such as participation in leisure activities, perceived health status, ego-integrity, self-achievement, and self-esteem also affect healthy aging with significant correlations between them. In particular, ego-integrity’s influence in completing psychological well-being in old age (according to Erikson’s psychosocial developmental theory) is an interesting finding of this study, meriting further investigation in the future. Finally, our findings make a step toward understanding healthy aging in terms of the psychosocial perspective, and may help both society and individuals in the planning of healthcare for old people.


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Chels is a recent business grad and has been offered entry level positions with two firms. Firm A offers a starting salary of 40,000 per year with a 2000 per year increase guaranteed each subsequent year. Firm B offers a starting


RESULTS

Of women smokers, greater proportions were younger, were less educated, were heavier, were Caucasian, consumed alcohol, and reported more physical activity than nonsmokers not passively exposed to cigarette smoke or women passively exposed to smoke (table 1).

When the linear mixed model was used, estimates were similar based on either maximum likelihood or restricted maximum likelihood methods. The first-order autoregressive structure provided the smallest Akaike Information Criterion values (better model fit). Hence, we reported the restricted maximum likelihood estimates by using the first-order autoregressive structure (tables 2, 3, 4, and 5). The only exception for use of the first-order autoregressive structure was for the model used to determine risk factors for luteal phase length, which also included length of the prior luteal phase as a predictor. Based on 943 cycles, the autoregressive parameter (ρ) in the first-order autoregressive structure was statistically significant (pag < 0.01) for cycle length but not for follicular phase or luteal phase lengths. Similar estimates were obtained for these autoregressive parameters based on the 634 cycles from women who provided data for more than one cycle.

Continuous measures

Adjusted effects of factors on mean cycle, follicular phase, and luteal phase lengths that were modeled by using three different linear mixed models are shown in tables 2, 3, 4, and 5 (tables 3 and 4 both address follicular phase lengths), respectively. Model 1 was fitted on the basis of 943 cycles, and models 2 and 3 were based on 634 cycles. Models 1 and 2 included the same set of covariates. Model 3 added length of the prior luteal phase as a predictor. Our results indicated that estimates were consistent across models.

Mean cycle length did not vary significantly by BMI, smoking, or physical activity in all three models. Compared with women aged 34 years or younger, women aged 35 years or older had a significantly decreased (–0.94 days, 95 percent confidence interval (CI): –1.83, –0.05) adjusted mean cycle length (model 1). Asian women had a significantly increased (1.65 days, 95 percent CI: 0.54, 2.76) adjusted mean cycle length compared with Caucasian women because of a significantly increased (2.05 days, 95 percent CI: 0.53, 3.56) follicular phase length for those less than age 35 years (model 1). Women who consumed one or more alcoholic drinks per week had a significantly decreased (–1.26 days, 95 percent CI: –2.21, –0.31) adjusted mean cycle length because of a significantly decreased follicular phase length (–1.73 days, 95 percent CI: –3.19, –0.28) for those aged 35 years or older (model 1). Mean cycle length was significantly inversely associated with the prior luteal phase length (–0.18 days, 95 percent CI: –0.36, 0.00 model 3).

Mean follicular phase length did not differ significantly by BMI in all three models, and age modified the effects of other factors. Compared with women nonsmokers aged 35 years or older not passively exposed to cigarette smoke, current smokers in the same age group had a significantly decreased (–2.17 days, 95 percent CI: –3.97, –0.37) mean follicular phase length (model 1). In contrast, follicular phase length was not significantly influenced by smoking for women less than age 35 years. For women aged less than 35 years, physical activity of 4 or more hours per week was associated with a significantly increased (2.26 days, 95 percent CI: 0.29, 4.23) adjusted mean follicular phase length (model 3), but no such association was observed for women aged 35 years or older. In addition, each 1-day increase in the length of the prior luteal phase was associated with a significant decreased adjusted mean follicular phase length in the subsequent menstrual cycles for both age groups (model 3).

Mean luteal phase length was significantly associated with length of the prior luteal phase. Each 1-day increase in the length of the prior luteal phase was associated with an increase of 0.18 days (95 percent CI: 0.10, 0.26) in the subsequent adjusted mean luteal phase length. Mean luteal phase length was not significantly associated with any other factors in all three models.

Dichotomous measures

The likelihood of a menstrual cycle shorter than 25 days, based on the marginal logistic regression model, was not appreciably associated with any of the risk factors examined (table 6). However, women aged 35 years or older were less likely than younger women to have long cycles (>35 days) (adjusted odds ratio (AOR) = 0.53, 95 percent CI: 0.28, 1.01). Compared with Caucasian women, Asian women were significantly more likely to have long cycles (AOR = 2.60, 95 percent CI: 1.20, 5.65) and follicular phases longer than 23 days (AOR = 2.09, 95 percent CI: 0.97, 4.49). Women who consumed one or more alcoholic drinks per week were significantly less likely to have long cycles (AOR = 0.38, 95 percent CI: 0.20, 0.69) or long follicular phases (AOR = 0.39, 95 percent CI: 0.21, 0.72). Physical activity of 4 hours or more per week compared with no activity was significantly negatively associated with short follicular phases (<13 days) (AOR = 0.36, 95 percent CI: 0.18, 0.74). Increasing physical activity was also moderately positively associated with long cycles and long follicular phases. Smoking status and BMI were not significantly associated with any of the dichotomous endpoints.


Abstracto

An established body of research indicates that discrimination is associated with increased symptoms of anxiety and negative affect. However, the association cannot be interpreted unambiguously as an exposure effect because a common set of genetic factors can simultaneously contribute to increased liability for symptoms of anxiety, negative affect, and the perception of discrimination. The present study elucidates the association between discrimination and anxiety/negative affect by implementing strict genetic controls in a large sample of adults. We used data from the biomarker project of the Study of Midlife Development in the United States (MIDUS), a national probability sample of noninstitutionalized, English-speaking respondents aged 25 to 74 y. Participants who consented to provide genetic data were biologically unrelated and of European ancestry as determined by genotype principal components analysis (norte = 1,146). A single structural regression model was fit to the data with three measures of discrimination specified to load onto a latent factor and six measures of anxiety and negative affect specified to load onto a second latent factor. After accounting for potential genetic confounds—polygenic scores for anxiety, depression, and neuroticism and the first five genetic principal components—greater discrimination was associated with greater anxiety/negative affect (β = 0.53, SE = 0.04, PAG < 0.001). Findings suggest that measures of perceived discrimination should be considered environmental risk factors for anxiety/negative affect rather than indices of genetic liability for anxiety, depression, or neuroticism. Clinical interventions and prevention measures should focus on ways to mitigate the impact of discrimination to improve mental health at the population level.


The Role of Common Factors in Psychotherapy Outcomes

Psychotherapies may work through techniques that are specific to each therapy or through factors that all therapies have in common. Proponents of the common factors model often point to meta-analyses of comparative outcome studies that show all therapies have comparable effects. However, not all meta-analyses support the common factors model the included studies often have several methodological problems and there are alternative explanations for finding comparable outcomes. To date, research on the working mechanisms and mediators of therapies has always been correlational, and in order to establish that a mediator is indeed a causal factor in the recovery process of a patient, studies must show a temporal relationship between the mediator and an outcome, a dose–response association, evidence that no third variable causes changes in the mediator and the outcome, supportive experimental research, and have a strong theoretical framework. Currently, no common or specific factor meets these criteria and can be considered an empirically validated working mechanism. Therefore, it is still unknown whether therapies work through common or specific factors, or both.


The key driver for eating is of course hunger but what we choose to eat is not determined solely by physiological or nutritional needs. Some of the other factors that influence food choice include:

  • Biological determinants such as hunger, appetite, and taste
  • Economic determinants such as cost, income, availability
  • Physical determinants such as access, education, skills (e.g. cooking) and time
  • Social determinants such as culture, family, peers and meal patterns
  • Psychological determinants such as mood, stress and guilt
  • Attitudes, beliefs and knowledge about food

The complexity of food choice is obvious from the list above, which is in itself not exhaustive. Food choice factors also vary according to life stage and the power of one factor will vary from one individual or group of people to the next. Thus, one type of intervention to modify food choice behaviour will not suit all population groups. Rather, interventions need to be geared towards different groups of the population with consideration to the many factors influencing their decisions on food choice.

1.1 Biological determinants of food choice

Hunger and satiety

Our physiological needs provide the basic determinants of food choice. Humans need energy and nutrients in order to survive and will respond to the feelings of hunger and satiety (satisfaction of appetite, state of no hunger between two eating occasions). The central nervous system is involved in controlling the balance between hunger, appetite stimulation and food intake.

The macro-nutrients i.e. carbohydrates, proteins and fats generate satiety signals of varying strength. The balance of evidence suggests that fat has the lowest satiating power, carbohydrates have an intermediate effect and protein has been found to be the most satiating 50 .

The energy density of diets has been shown to exert potent effects on satiety low energy density diets generate greater satiety than high energy density diets. The high energy density of high-fat and/or high-sugar foods can also lead to &lsquopassive overconsumption&rsquo, where excess energy is ingested unintentionally and without the consumption of additional bulk.

An important satiety signal may be the volume of food or portion size consumed. Many people are unaware of what constitutes appropriate portion sizes and thus inadvertently consume excess energy.

Palatability

Palatability is proportional to the pleasure someone experiences when eating a particular food. It is dependent on the sensory properties of the food such as taste, smell, texture and appearance. Sweet and high-fat foods have an undeniable sensory appeal. It is not surprising then that food is not solely regarded as a source of nourishment but is often consumed for the pleasure value it imparts.

The influence of palatability on appetite and food intake in humans has been investigated in several studies. There is an increase in food intake as palatability increases, but the effect of palatability on appetite in the period following consumption is unclear. Increasing food variety can also increase food and energy intake and in the short term alter energy balance 45 . However, effects on long-term energy regulation are unknown.

Sensory aspects

&lsquoTaste&rsquo is consistently reported as a major influence on food behaviour. In reality &lsquotaste&rsquo is the sum of all sensory stimulation that is produced by the ingestion of a food. This includes not only taste per se but also smell, appearance and texture of food. These sensory aspects are thought to influence, in particular, spontaneous food choice.

From an early age, taste and familiarity influence behaviour towards food. A liking for sweetness and a dislike for bitterness are considered innate human traits, present from birth 49 . Taste preferences and food aversions develop through experiences and are influenced by our attitudes, beliefs and expectations 9 .

1.2 Economic and physical determinants of food choice

Cost and accessibility

There is no doubt that the cost of food is a primary determinant of food choice. Whether cost is prohibitive depends fundamentally on a person's income and socio-economic status. Low-income groups have a greater tendency to consume unbalanced diets and in particular have low intakes of fruit and vegetables 14 . However, access to more money does not automatically equate to a better quality diet but the range of foods from which one can choose should increase.

Accessibility to shops is another important physical factor influencing food choice, which is dependent on resources such as transport and geographical location. Healthy food tends to be more expensive when available within towns and cities compared to supermarkets on the outskirts 19 . However, improving access alone does not increase purchase of additional fruit and vegetables, which are still regarded as prohibitively expensive 18 .

Education and Knowledge

Studies indicate that the level of education can influence dietary behaviour during adulthood 30 . In contrast, nutrition knowledge and good dietary habits are not strongly correlated. This is because knowledge about health does not lead to direct action when individuals are unsure how to apply their knowledge. Furthermore, information disseminated on nutrition comes from a variety of sources and is viewed as conflicting or is mistrusted, which discourages motivation to change 15 . Thus, it is important to convey accurate and consistent messages through various media, on food packages and of course via health professionals.

1.3 Social determinants of food choice

Influence of social class

What people eat is formed and constrained by circumstances that are essentially social and cultural. Population studies show there are clear differences in social classes with regard to food and nutrient intakes. Poor diets can result in under- (micronutrients deficiency) and over-nutrition (energy over consumption resulting in overweight and obesity) problems that face different sectors of society, requiring different levels of expertise and methods of intervention.

Cultural influences

Cultural influences lead to the difference in the habitual consumption of certain foods and in traditions of preparation, and in certain cases can lead to restrictions such as exclusion of meat and milk from the diet. Cultural influences are however amenable to change: when moving to a new country individuals often adopt particular food habits of the local culture.

Social context

Social influences on food intake refer to the impact that one or more persons have on the eating behaviour of others, either direct (buying food) or indirect (learn from peer's behaviour), either conscious (transfer of beliefs) or subconscious. Even when eating alone, food choice is influenced by social factors because attitudes and habits develop through the interaction with others. However, quantifying the social influences on food intake is difficult because the influences that people have on the eating behaviour of others are not limited to one type and people are not necessarily aware of the social influences that are exerted on their eating behaviour 23 .

Social support can have a beneficial effect on food choices and healthful dietary change 16 . Social support from within the household and from co-workers was positively associated with improvements in fruit and vegetable consumption 46 and with the preparative stage of improving eating habits, respectively 47 . Social support may enhance health promotion through fostering a sense of group belonging and helping people to be more competent and self-efficacious 8 .

The family is widely recognised as being significant in food decisions. Research shows the shaping of food choices taking place in the home. Because family and friends can be a source of encouragement in making and sustaining dietary change, adopting dietary strategies which are acceptable to them may benefit the individual whilst also having an effect on the eating habits of others 3 .

Social setting

Although the majority of food is eaten in the home, an increasing proportion is eaten outside the home, e.g. in schools, at work and in restaurants. The venue in which food is eaten can affect food choice, particularly in terms of what foods are on offer. The availability of healthy food at home and 'away from home' increases the consumption of such foods. However, access to healthy food options is limited in many work/school environments. This is particularly true for those with irregular hours or with particular requirements, e.g. vegetarian 22 . With the majority of adult women and men in employment, the influence of work on health behaviours such as food choices is an important area of investigation 16 .

1.4 Meal patterns

People have many different eating occasions daily, the motivations for which will differ from one occasion to the next. Most studies investigate the factors that influence habitual food choice but it may be useful to investigate what influences food choice at different eating occasions.

The effects of snacking on health have been debated widely. Evidence shows that snacking can have effects on energy and nutrient intakes but not necessarily on body mass index 28 . However, individuals with normal weight or overweight may differ in their coping strategies when snack foods are freely available and also in their compensatory mechanisms at subsequent meals. Moreover, snack composition may be an important aspect in the ability of individuals to adjust intake to meet energy needs.

Helping young adults to choose healthy snack choices poses a challenge to many health professionals. In the home, rather than forbidding unhealthy snacks, a more positive approach may be the introduction of healthy snack options over time. Moreover, healthy food choices outside the home also need to be made more readily available.

1.5 Psychological factors

Stress

Psychological stress is a common feature of modern life and can modify behaviours that affect health, such as physical activity, smoking or food choice.

The influence of stress on food choice is complex not least because of the various types of stress one can experience. The effect of stress on food intake depends on the individual, the stressor and the circumstances. In general, some people eat more and some eat less than normal when experiencing stress 39 .

The proposed mechanisms for stress induced changes in eating and food choice are motivational differences (reduced concern about weight control), physiological (reduced appetite caused by the processes associated with stress) and practical changes in eating opportunities, food availability and meal preparation.

Studies also suggest that if work stress is prolonged or frequent, then adverse dietary changes could result, increasing the possibility of weight gain and consequently cardiovascular risk 52 .

Hippocrates was the first to suggest the healing power of food, however, it was not until the middle ages that food was considered a tool to modify temperament and mood. Today it is recognised that food influences our mood and that mood has a strong influence over our choice of food.

Interestingly, it appears that the influence of food on mood is related in part to attitudes towards particular foods. The ambivalent relationship with food &ndash wanting to enjoy it but conscious of weight gain is a struggle experienced by many. Dieters, people with high restraint and some women report feeling guilty because of not eating what they think they should 17 . Moreover, attempts to restrict intake of certain foods can increase the desire for these particular foods, leading to what are described as food cravings.

Women more commonly report food cravings than do men. Depressed mood appears to influence the severity of these cravings. Reports of food cravings are also more common in the premenstrual phase, a time when total food intake increases and a parallel change in basal metabolic rate occurs 21 .

Thus, mood and stress can influence food choice behaviour and possibly short and long term responses to dietary intervention.


Social factors impacting PepsiCo

The analysis shows that social factors impact the beverage company greatly. The key reason behind this is perhaps that Pepsi is a non-alcoholic beverage. It has to maintain strict differences in cultures around the world.

It is essential that Pepsi communicates its image as a global brand to change people’s perceptions. The company expects its buyers to be able to think of their drink as something which connects the world together. The social implications are visible in marketing campaigns most of the time.

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